lunes 21 de marzo de 2011
Capitulo 50 - Consideraciones
Cambio de planes, Francesca tuvo su momento, y estoy segura de que algunos extrañan a Aaron, así que, esto lo tenía planeado hace mucho, me separo oficialmente de la señorita Evans, y me voy con uno de mis personajes favoritos, no se asusten, voy a terminar con la escena de Frances, y en un punto, me separo de acuerdo?, espero que compense mi infidelidad con la constancia que debería tener, pero es que relamente estas semanas no son faciles, hay que hacer de todo!, examenes, proyectos, y MUCHISIMAS practicas de laboratorio, asi que es en serio fastidioso a veces... espero que me disculpen, continuen conmigo queda poco, y en verdad los necesito a todos conmigo.
-Emma.
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Cada persona en ese salón blanco me observaba fijamente, incluso Cassel. Y no debería ser solo por que estaba poniendo palida...
- ¿Ahora usted puede darme ordenes? - Le pregunté a Alaricus, su mirada quemaría un bosque entero. Podría haberme arrancado la cabeza... El se calló. - Entonces, ¿Por que lo hizo?
- Esa pregunta no amerita una respuesta, y mucho menos a alguien como usted. - Alaricus sabía a que me refería, y seguramente el tampoco encontraba una explicación justificable para mí, o para él mismo.
- Alguien como yo. Ya entiendo.
- No, no lo entiende. De haber entendido, usted no estaría aquí ahora. - Seneca dijo.
- Creo que lo entiende mucho mejor que ustedes. - Cassel dijo, hablaba despacio, cuidando sus palabras, su mirada oscura estaba centrada en el suelo.
- No es algo que podamos cuestionar y debatir con mentes débiles como las suyas. - dijo Seneca. - Todo lo que queremos ahora, es fortalecerlos, todo lo que hacemos lo hacemos por su bien. Y para el bien de todos.
Oren resopló desde su posicion, su cabello negro se enredaba sobre sus ojos, pero el naranja brillante atravesaba la maraña.
- Sí sus fines son tan altruistas, era necesario atarnos y encerrarnos, por no agregar la larga lista de crimenes contra los Yargans y Los Vigilantes. Apuñalar a una niña, y no una niña cualquiera, mi hermana.
Error. Alaricus no era el único ofendido aquí. El suelo habría podido partirse en dos, la intensidad de la mirada de Cassel habría atravesado montañas.
- Es suficiente - dijo Oren - ¿Por que no votan de una vez, y acabamos con esto?
¿Votar? ¿Estabamos siendo juzgados?
- Oren tiene razón, nos estamos desviando de nuevo.
- ¿Algo que añadir, señorita? - Oren casi escupía las palabras, cada una cargada de más desprecio que la anterior, pero expresadas con tanto placer, que dudaba que le pesaran en la garganta. - No. No tiene nada justo que decir. Y su amigo, tampoco. Señores, les pido que procedan.
Los hombres cucheaban unos con otros, sus rostros arrugados y palidos se movían de un lado a otro, un momento muy breve, las sogas ardían en mis manos, sabía que si me concentraba, podría soltarme, quemarlas. Pero lo notarían, y no tendría el tiempo suficiente antes de liberar a Cassel, Oren nos detendría, no podría decir como lo sabía, pero algo en su mirada segura me apostaba a que con mucho gusto nos arrancaría la cabeza a ambos. Necesitaba una distracción. Curiosamente, podía escuchar cada palabra de sus labios, esto era nuevo, pero esperado. Todas las palabras y frases giraban al rededor de una sola "muerte". Nos querían muertos o con ellos. Sí fingiamos lealtad, ¿podríamos salir?.
No, ellos eran una orden - que hasta donde tenía conocimiento - habría sobrevivido a traves de los años, y la única manera de sobrevivir es desconfiando de todos.Ah claro, y matando a unos cuantos. Los cuchicheos cesaron.
- Hemos decidido, no podemos retenerlos con nosotros contra su voluntad. Pero no podemos liberarlos, son demasiado peligrosos expuestos, y dados lo cambios recientes en la señorita, creo que debemos tomar medidas más drásticas. Yo, propongo extraer la esencia, es decir las esencias que están en su sistema. No sabemos como llegaron ahí, pero evidentemente no pueden permanecer en un cuerpo que no ha sido preparado para retenerlas. La sustracción de las esencias debe ser llevada a cabo de inmediato.
- ¡Qué dice! - No era una pregunta. Cassel nunca hacía preguntas. - ¿Van a rebanarla aquí?
¿Rebanarla?
- ¡Callenlo! - El hombre del consejo, el de barba espesa que había propuesto la ... idea de "extraer" de mí, algo de lo que apenas estaba segura que tenía. Alguien abofeteó a Cassel, no tuve que girarme para saber quién era. Oren estaría encantado de tomar la cuchilla con sus propias manos, de nuevo, esa sonrisa torcida y malevola desfiguraba su rostro. - No podemos poner en juego la seguridad de las esencias - su tono era solemne de nuevo. Seneca lo obserbaba atentamente. - Ni la de la Orden.
- Un gran discurso, mi amigo. Pero creo, que tenemos que examinar más cuidadosamente el caso, este contenedor es diferente de los que la esencia ha escogido, y creo que proceder con cuidado es lo más recomendable. - Seneca estaba en la versión compasiva de sí mismo.
- Creo que debemos examinar el cuerpo primero, y luego proceder. No quedan muchos días, así que antes de que se desvanezca y se pierda debemos ver que podemos hacer para salvarla, y por supuesto al cuerpo de la señorita.
Aún no había muerto, y ya se referían a mí como a un cadaver.
- Pero Seneca... - El barbudo suplicó, la devoción se desbordaba por sus ojos, suplicando sangre...
- Ya estubo bien, no queremos más sangre en nuestras manos. Sólo lo hacemos en caso de primera necesidad, Mesala. - Cassel resopló desde su silla, su mejilla ardida hería mis ojos. Teníamos que salir de aquí. Si querñian rebanarme a mí, que era el "contenedor", ahora Cassel que no era más que un insolente en su corte. Lo matarían en seguida. Debo protegerlo. - Opino que debmos discutir esto un poco más, llevenlos a la celda de nuevo. Pensandolo bien, asigneles una habitación a ambos, de ahora en adelante, mientras se decide el paso a seguir, habrá que tener cuidado con la esencia.
Ahora eramos invitados. ¡Ja!. Hasta donde tenía entendido, a los invitados no se les esposaba a sillas. Y no estaba segura, pero creo, creo, que tampoco se les abofeteaba.
- Llevenselos a el ala oeste. Oren, acompaña a Francesca. - Senca se giró y camino hacia las escaleras que daban al consejo, ocupó su lugar en la silla más amplia y adornada que había visto. El tallado era exquisito, debió tomar años hacer esa silla, retocada con tonos dorados sobre marmol. Oren me levantó de la silla y me arrastró lejos de Cassel, supe que alguien venía detras de nosotros, por las pisadas dobles, ecos. Los corazones inseguros del consejo eran casi un deleite, como un tamborileo constante y sincronizado. Era sorprendente saber cuantos latían al unisono, el de Oren en especial, latía diferente a como los corazones humanos latían, latía doble, un silencio, y luego de nuevo. El de Seneca, era el más extraño de todos, latía tan silenciosamente que casí no se percibía, cuatro latidos por minuto, tal vez... Caminamos hacía las puertas magnificamente talladas en piedra marmolea y esta vez, tomamos un pasillo diferente, a la izquierda, derecho doblando el pasillo, a la derecha. Un corredor con puertas blancas como las de la casa de Pennelope, ¿por que no lo supe entonces?, como Oren custodiaba mi espalda, y no podía ver a Cassel caminando detrás de nosotros. Pero escuchaba sus pasos y su corazón, y el de su guarda. Oren me metió en la habitación antes de que pudiera verlo de nuevo, pero un atisbo de su cabello oscuro me llegó por la esquina de los ojos. Caminaron diez metros más y luego una cerradura, un chasqueo, y los pasos se perdieron cuando Oren habló de nuevo, tenía que concentrarme en una habitación por vez, era demasiada distracción.
- Ponte comoda, estaremos aquí el resto del día. - ¿Era de día?.
La habitación era tan inmaculada como las de la casa de Pennelope, el estilo era clásico y moderno al mismo tiempo, La cama con dosel blanco, la madera blanca, el tocador - ¿tocador? - blanco. Y había un labavo tambien, como todo lo demás blanco. Un espejo descansaba sobre el tocador, los bordes habían sido alisados y ovalado en las esquinas, mi reflejo me distrajo por un momento. Oren y el consejo tenían razón, definitivamente estaba diferente, uno de mis ojos era como el de Oren, el otro era azul y transparente como el de Kenneth, la herida en mi pecho aún no sanaba, pero el color negro se había esparcido formando una marca, el contorno delineado y rellenado del medallón que había usado por tanto tiempo, ahora extrañaba el peso de la cadena. La toqué con la punta del dedo, ardía un poco, pero era soportable. Al menos. Cada ojo era más fascinante que el anterior ¿Y eso cuando pasó?, tenía los ojos inyectados y el rostro hinchado.
- Son interesantes.
- ¿Ah? - La voz de Oren era más calmada, pero seguía siendo despreciable.
- Tus ojos. ¿Como los conseguiste? - Era la segunda vez que lo preguntaba, y tampoco tenía una respuesta concreta ahora, pero tenía una idea más o menos franqueable.
- No lo sé. No importa, los van a sacar de todos modos. - Oren rió, su risa era mucho mejor que su voz, cuando lo hacía, su rostro se aflojaba y era casi... atractivo. No, no. Aún despreciable.
- Deberías preocuparte por eso.
- ¿De que serviría? Ya he tenido bastantes preocupaciones, muchas gracias.
- ¿Por que te dejó ir? - Él se refería a Aaron. Tercera pregunta sin respuesta.
- Tampoco sé eso. - Mis ojos seguían concentrados en el rostro hinchado en el espejo, Oren se había acomodado en una otomana junto a la cama, al lado de la lampara de gas. ¿Gas? ¿Como consiguieron...?
- No te mantenía muy informada - Concluyó.
- Tal vez ese era el problema, desde un principio. - Era fácil hablar con él cuando no le mirabas fijamente, y contando con que si seguíamos así, podría tener tiempo de pensar en algo para salir de aquí. Sólo espero que Cassel también este pensando en lo mismo.
- Tal vez.
Dos o tres horas más tarde alguien tocó la puerta, Oren se levantó por primera vez y atendió la puerta, una bandeja con comida ¡Comida!.
- No queremos que mueras antes de que podamos matarte primero.
- Siempre tan considerados... - Él me ofreció la bandeja y la tomé, quizá no era seguro comer de lo que me dieran, pero desde que había llegado aquí no había probado bocado, y me estaba haciendo falta. No podían envenenarme, no aún. Creo. Comencé a comer sin recriminaciones, Oren volvió a su silla y me observo hasta que acabé.
- Pensé que les enseñaban modales. - Dijo después de que terminara
- Oh , lo hicieron. Deja de importar cuando tratan de matarte cuatro veces por semana.
- Hmm, entiendo por que te dejó ir entonces. Pero todavía me confunde la decision del hermano. Él siempre fue el dificil. Llevando la contraria a todo, creo que al final, será el más dificil de capturar.
- ¿Van de cacería?
- Algo por el estilo. Primero está la diplomacía, mi padre se encarga de esa parte mientras yo...
- Presionas las espaldas con puñales, sí creo que entiendo.
- No siempre fué así, es solo que estamos algo... desesperados. Evidente. Pero cierto.
D.E.S.E.S.P.E.R.A.D.O.S. Eso sería algo de lo que Kenneth probablemente se burlaría, o algo por q¡lo que probablemente lo golpearía. Tal vez ambas. Yo, tendría que soportarlo hasta saber que hacer. Bueno, había un suministro de Gas desde el techo, podría sacarla con algo de fuerza, pero, todo estallaría en llamas, y quien sabe si realmente seguían haciendome daño, y la puerta, no alcanzaría la puerta tan pronto. Quizá si...
Toc, toc, toc.
Oren abrió, un soldado.
- Han decidido, debes llevarla ahora.
- Entiendo. - Oren cerró la puerta sobre el rostro del soldado. - Creo que es hora, Francesca. - Y ahi estaba de nuevo esa mirada.
_______________________________________________FIN DE LA TRANSMISIÓN_______
«El amor que se puede contar, no es verdadero» Shakespeare
La debilidad era nueva. Pero al menos era algo. Pensaba no salir con vida de eso, pero era necesario, Francesca lo necesitaría. Y una vena entrecortada en la piel tensa de Pandora no vendría mal para el entretenimiento. Yo no podría salir, pero ahora que ella estaba afuera, desprotegida totalmente; no podrían tocarla, no a menos que ella lo quisiera, y esa era la peor parte. Ella nunca sabía lo que quería. Y sabrá Dios, que clase de tortura le aplicarían solo para sacarle información, no la estaba exponiendo, la estaba protegiendo. Ella nunca cuidaba de sí misma, alguien tendría que hacerlo por ella, aunque sea contra su voluntad.
- ¡Aaron! - Era la tercera vez que Makenna me llamaba.
- Lo siento.
- No estamos jugando, Aaron. Si lo logras, posiblemente no mueras. Pensé que eso era lo que querías...
- Ya está bien por hoy, Makenna. Me siento cansado; tal vez mañana. - No pude terminar, ella ya se alejaba por el arco de la entrada. La sala estaba bañada por luz, pero no podríamos decir si era natural o artificial; era lo suficientemente brillante como para ser las dos, tan irreal y suficiente para toda una civilización.
- Si la sigues enfadando, un día de estos te va a chamuscar mientras duermes. - Adam estaba a mi lado, concentrado en una de las enredaderas que crecían en las paredes. Pensé que se había perdido en sus pensamientos como usualmente lo hacía estos dias.
- Tal vez lo merezca, ella sólo quiere ayudar y yo...
- Tú nunca. Ese es el problema. Sólo finge por dos horas. ¡No te va a matar! - El empujó suavemente contra mi hombro.
- Mañana. Estoy agotado. Debo ir con Kenneth arriba, supongo que mañana estará mejor.
- La práctica... - Adam dió un largo respiro - hace que el torpe se haga constante.
- Gracias, Adam. Tú siempre eres útil.
El guiñó un ojo. Caminé sólo a traves de los pasillos cargados de luz, el sitio parecía con techos altos, en realidad, dudaba que hubiera algún techo. Todo aquí abajo era diferente, no lo sentías como algo subterraneo, en las noches, las estrellas infinitas decendían a diez metros de nuestras cabezas, y la oscuridad y la luz bañaban las paredes altas haciendo parecer como si estuvieramos en la mitad del cielo. aunque se sintiera como el mismísimo infierno. Adam había intentado explicarme que la presión de la tierra sobre nosotros aquí era diferente, pero no entendía como podría sobornarse a sí mismo para lograr ese efecto de vuelo doscientos metros bajo tierra, las plantas crecían más verdes que en ningún lugar del planeta, y plantas raras del mundo tenían el mejor cuidado que alguien les pudiera dar. Toda esa belleza deformada, solo para mantenerla como adorno, era enfermizamente hermoso. Adictivo. Un humano cualquiera, se perdería en los petalos de cualquiera de las flores, seguramente le haría un altar ridiculo y la cuidaría hasta el fin de sus años, la devoción que solían tener los humanos por cosas completamente inútiles era cada vez más frustante
- Kenneth, ¿donde has estado te he buscado por...?
- Aaron, yo, yo... Pandora, ella, creo que sospecha de lo que hicimos... seguramente si se entera, nos cortará a ambos en trozos pequeños y los utilizará de abono para sus plantas... ella, ella ha estado hablando y haciendole preguntas a Obelix, él no sabe que decir y sí le dice... - Las palabras se atropellaban en su boca y salían con tonos extraños. Era lo que hacía cuando estaba inseguro, no temblaba. Solo hablaba por horas y horas hasta que se le pasaba.
- Kenneth, Ken. Calmate. Respira. Ella no sabe nada, no aún creo. No debemos decirle nada, seguramente no lo ha notado aún.
- Pero si Obelix...
- Él no va a decir nada, Kenneth.
Pero Kenneth núnca era alguien que dudara. Y sabía perfectamente que si él sospechaba, era por que ella seguramente ya lo sabría. Entre cielo y Kenneth, nunca había algo que no intuyera. No podríamos ocultarnos, pero podíamos evadirla hasta que fuera necesario. Pero una mirada a los ojos de alguno de nosotros, y lo sabría. El azul liquido de los ojos de Kenneth era más oscuro, y seguramente mis ojos estarían llegando a el castaño. El fuego aún no era un problema, pero controlarlo era algo más dificil. Mucho más dificil.
- Sólo intenta no mirarla a los ojos y todo...
- ¿A quien? - Collette entraba con su nuevo vestido, esto era diferente de lo que ella vestía, pero no le venia mal el cambio. Era como los vestidos que todos llevaban aquí abajo, pero el de ella tenía vida propia, tenía el azul profundo del oceano que sólo se podía comparar con sus ojos, ella era verdaderamente algo extraño.
- Nada, sólo le decía que si continuaba mirando a Fausta de esa manera, ella se iba a llevar la impresión equivocada.
- Entonces, coqueteas con la cocinera ¿sólo quieres que tu plato esté mas lleno?. Eres un desesperado. - El tono suave y orgulloso de Collette nunca hacía eco en estas paredes, pero era suficiente con que te mirara para que te clavara en una pieza.
- Si no lo pruebas, no vas a saber de que hablo. - El tono de Kenneth cambió de nuevo. Él siempre era bueno con las apariencias. Ella le sonrió, su nariz se arrugaba cuando sonreía, aunque él lo negara. Siempre era adorable cuando se trataba de Kenneth.
- Nunca sé de que hablas. Vengo de ver a Annaliss, está estable, la están cuidando muy bien. Cassel se va a alegrar cuando sepa que ella... - Collette carraspeó y cambió el tema, siempre era incómodo para ella hablar de ese día, ni ella ni Kenneth, querían explicar aún lo que pasaba realmente.
Pero nadíe los presionaba, yo sabía exactamente que había pasado, y no había servido de nada golpear la mandibula de Kenneth en cuanto llegó. La abandonó. Y no se inmutó ni un poco. Pandora, en cambio; estaba aprobando muy efusivamente la actitud de todos, hablando de que el sacrificio de Francesca era algo necesario y que no se olvidaría el gesto, en cuanto los visitara, ella se encargaría de traerla de vuelta. Pero todos sabíamos que esa no era su intención. Si por ella fuera, la abandonaría con la Orden, a su suerte. Yo no la había abandonado por que quisiera, tenía que hacerlo, casí la mato una vez, no quería ver que pasaba en la segunda, y ella no quedaría traumatizada por mí culpa. Entrar aquí abajo como tributo era una cosa, sabríamos que no volveríamos a salir nunca. Pero el hecho de que ella viniera aquí como una humana, era diferente. No todos salían de aquí. Todos quedaban esclavizados con o en contra de su voluntad, lo que los llenaba aquí abajo, no les impulsaba a volver arriba. Ella sería diferente, ahora gracias a Kenneth y a su confianza en mí, teníamos que probar mi teoría. Con algo de esencia, ella podría irse cuando lo quisiera, el problema sería comunicarselo. Las mentes cambían aquí, como el cielo o la marea, y nunca vuelven a ser las mismas; a menos que haya algo tan fuerte como una sociedad secreta de miles de años.
- Tú nunca sabes nada. Cassel estará bien, y Francesca también. Volverán antes de lo que creen.
- Pero no hay manera de escapar de la Orden, no por sí mismos. - Collette se recostó contra una pared de hiedra salvaje, y froto su mano contra su brazo, sus ojos oscuros se ocultarón debajo de sus pestañas.
- Los Vigilantes están tras ellos, tarde o temprano van a volver. No van a permitir que nada les pase. - Kenneth terminó por ella. Ambos sabíamos que por un medio u otro, ellos tendrían que salír con vida.
- Pandora los está buscando, está con Annaliss. - Kenneth se tensó un poco, sus ojos se endurecieron un poco más, no había manera de ocultarlo si ella nos miraba. Ella siempre conocía la verdad cuando nos miraba a los ojos. Siempre había sido así, al menos en todas las memorías, la Guía. Siempre se había caracterizado por sus ojos inhumanos y su sabiduría. Pandora no era la excepción. - Ella está preocupada.
- Iremos despues, Kenneth me va a acompañar a la biblioteca, tenemos que buscar... algo.
- Como quieran. Pero ella estaba algo... curiosa. Quiere saber que pasó exactamente cuando llegaron los de la Orden, y sabes que no puedo ocultarle nada. - Literalmente, ella conocía la verdad - Ella, está preguntandose por Oren.
Ouch.
- Está bien, Collie. Vuelve con tu amo. - Kenneth sabía que eso la echaría de ahi. El cabello que antes solía estar recogido en tirabuzones y entretejido con cintas de seda, ahora estaba suelto, y era tan rubia como el trigo, sus pestañas se levantaron y sus ojos eran un oceano de furia, literal.
- No te cortes con el papel. - Ella hizo algo parecido a un puchero, pero más dulce y furioso. Que cosa tan extraña era ella...
- Deberías tratarla mejor, Kenneth. Sabes que ella..., tú sabes que ella. - Era díficil hablar de sentimientos con Kenneth, más cuando no eran míos y eran tan confusos.
- Ella sabe cuidarse sóla. Sabe por que no... ella lo sabe.
- Y tú tambien. Te aprobechas. - le dije.Sus hombros se subieron y su boca se abrió, pero sus pensamientos eran más ruidosos. Su mente no era como la nuestra, a veces simplemente el no podía sofocar las emociones detras de su cerradura, esas cosas simplemente se desbordaban. - Y no digas que no lo haces, por que sabes que es verdad.
- Al menos soy honesto con ella. Tú por otro lado, intentas tapar la luz del sol con un dedo. Yo nunca he forzado nada, y tú eres el que se hace el dificil.
- Sabes por que lo hice, Kenneth. Ella no puede estar a mi lado, podría morir. Al igual que contigo. Es egoista.
- No, no lo es. En todo caso, eso fué lo que salvó su vida hace dos días, de no haberlo hecho. Ella seguramente estaría muerta ahora. Deberías agradecerme.
- Sabes exactamente por que no te agradezco que lo hayas hecho. - Ahora me miraba severo, a punto de lanzarme un rayo y atravesarme en dos.
Lo que habíamos hecho con Frances, fué algo que no esperabamos que diera resultado, no con ella. Lo hacíamos cuando creíamos que estabamos a punto de perder el control, sólo sucedía con personas como Makenna o Pennelope, ellas habían pasado una vida entera familiarizadas con la esencia. Si alguno la hubiera amado menos, no habría dado resultado. Ella era parte de mí, egoista o no. La seguía amando mas que a cualquier cosa que hubiera conocido. Y él, bueno, el realmente era algo tan extraño como Collette, más humano y mas terreno que nosotros. Y fué aún más decepcionante saber, que sólo serviría si ella sentía lo mismo. Por ambos. Efectivamente, las ideas de Kenneth, siempre dan resultado.
martes 8 de marzo de 2011
Capitulo 49 - Intercambio
- ¿Cassel? – susurré - ¿Cassel?
Nada. ¿Estaría inconciente… o…?
- ¡Cassel! – Hablé más fuerte.
Alguien gimió al otro lado de la celda, tan oscura que aunque pusiera una mano delante, no lograría ver ni mis dedos. No me había movido desde que me habían dejado aquí, cuando desperté estaba desmadejada contra la pared. Sabía que lo habían puesto conmigo, porque su voz fue lo último que oí. Una sarta de blasfemias, y luego, una laguna mental del tamaño del lago Ness. ¿Cuántas horas habían pasado ya? O quizás habrían sido días.
- ¿Frances? – Cassel habó desde la penumbra, agucé el oído. Derecha, definitivamente derecha. Tal vez cuatro o cinco metros. Celda amplía, entonces. - ¿Eres tú?
- Sí, ¿estás bien?
- Eso creo, me duelen algunas costillas. ¿Cómo estás tú?
- ¿Cómo se responde a eso?
- Bien. – dije, no había una respuesta que definiera algo verdadero, relativamente una palabra no podía ser mentira. ¿o sí?
- De acuerdo. Ahora tenemos que pensar, en alguna manera de …
- Shhh – Le callé. Tal vez podrían estar oyéndonos. Quizás sí solo me limitaba a moverme hacía el podría susurrarle al oído. – No te muevas.
- ¿Qué haces, Frances?
- Sólo quédate quieto, necesito que hables, cualquier tema. – Supuse que él entendió las últimas palabras como una condicional.
- De acuerdo. Supongo que no traes ninguna daga contigo, así que hay que improvisar… – Comencé a erguirme, la pared era irregular, tal vez piedra tallada, y el aire era denso, había creído que estaba a la derecha, tal vez sea buena idea comenzar a moverme hacia allá. Un sonido pesado se arrastró conmigo, genial. Cadenas. ¿Cómo es que no sentí el metal frío sobre mis tobillos?
Ahora que lo pensaba; este lugar era tan oscuro como para estar varios metros bajo tierra, la luz no se filtraba por ninguna parte, ¿Por qué no tenía frío?- tal vez sea una puerta o barrotes, no me atrevía a comprobar mi hipótesis, sólo quería encontrar a Cassel -, la presión se sentía en el aire, capas y capas de tierra sobre nosotros. Recuerdo una escalera, sí, empujaba y pateaba, pero era inútil, algo me golpeó la cabeza en la base, y la oscuridad se cernió definitivamente sobre mí. Tal vez si había salida, pero sola no podría encontrarla. Y no podía dejar a Cassel aquí.
- ¿Crees que mi hermana esté bien? – preguntó Cassel, otra de sus preguntas sin respuesta.
- Debemos preocuparnos por salir de aquí Cassel. – Seguí palmeando la pared, llegué a una esquina. Y no me había tropezado con Cassel aún. – Sigue hablando.
- Espero que mi hermana esté bien. Collette cuidará de ella. Lo sé. Pero… es sólo que es… es tan pequeña.
Encontré la segunda pared, y tropecé con algo pesado, la cosa chirrió y casi caigo, pero adelanté una mano sobre la pared y me causé rasguños, pero al menos no había caído. Era la cadena de Cassel, creo. Me abalancé sobre ella y la tomé, oxidada y resistente ¿Cómo las conservaban?, la seguí hasta su origen, Cassel seguía hablando cuando un gritó se escapó por sus labios. Toqué su tobillo.
- ¿Cassel?
- Lo siento. Tus manos, están… calientes. – Se excusó. ¿Calientes?
- ¿Qué dices?
- Tus manos, me quemaron. Fuiste tú ¿no es así?
- Si pero… no hay tiempo para esto Cassel. Debemos salir de aquí.
Luego habría tiempo para controlar los nervios de Cassel, o los míos.
- ¿Y como haremos eso?
- Intentemos con la salida. Oh, espera, sólo tengo que… - un gemido se escapó de sus labios otra vez, su peso cambió, aquí había una acústica increíble, hasta la mas leve respiración hacía eco en las paredes.
- ¡Cassel!. ¿estás herido?- Aventuré mis manos al aire a ver sí atisbaba con el cuerpo de Cassel, alcancé su hombro, bajé la mano y tomé su brazo, de nuevo gimió sólo que más alto. - ¡Lo siento!
Aleje mis manos de su piel, el olor a tela quemada subió lentamente hacía mi nariz. ¿Lo había quemado?
- No es nada, sólo… déjamelo a mí ¿sí?
- Está bien. Tú quédate aquí, ahora que sé donde estás creo que puedo ir hasta la puerta.
- ¿Cómo sabes que es una puerta? – Preguntó
- No lo sé, pero debimos entrar por alguna parte, y el aire aquí es muy pesado, debe ser una celda cerrada. Los barrotes, tal vez no son tan seguros. No lo sé.
- De acuerdo, ¿podrías arrancar un trozo de tela? Debo vendar mis costillas…
- ¿Tela?, de donde voy a sacar… ah – Estaba oscuro, no había manera de que viera la sangre fluyendo hacia mi cara. – Espera un segundo.
Pero no fue un segundo, tal vez fue menos el tiempo que me llevó, Cassel tenía razón, mis manos quemaban, pero yo no podía sentir el calor huyendo de mi cuerpo, o siquiera si lo tenía, sabía lo calientes que estaban por que en cuanto toque un extremo de mi falda, se deshizo en cenizas. Bendita oscuridad. Con el índice, pasé por sobre la superficie de la falda, un rectángulo largo sobró al final, dejé la pierna al descubierto. No sentía el frió en mi piel, pero sabía que estaba ahí, porque escuchaba los dientes de Cassel castañear. Parece que no podía agarrar el extremo de la tela sin que se deshiciera en mis manos, destellos naranja salieron de ellas mientras palmeaba para deshacerme de la tela, cayó al piso lentamente.
¿Qué me estaba pasando? ¿Esto era obra de Aaron?
- ¡Frances! ¿Cómo hiciste eso? – Por un segundo breve el rostro de Cassel quedo iluminado por las chispas que saltaron de la tela.
- ¡No lo sé! – dije – Toma la tela.
Indiqué con el pié, él no estaba tan lejos, y sólo tenía que esforzarse un poco por tomar el pedazo de tela. Quería ayudarlo a envolver la tela en su torso, pero era más fácil si me quedaba quieta intentando no quemar nada. ¿Esto era lo que Aaron tenía que controlar? ¿Y sí era así, por que podía hacer esto?
- Cassel, tengo una idea. – Agité mi mano en el aire, y pasó lo que esperaba, chispas naranjas salieron de ella. Luz. – Puedo abrir las cadenas, puedo calentar el metal y así…
- ¡No! – Gritó Cassel.
- ¿Por qué no? – no pude ocultar la tristeza en mi voz.
- El metal esta demasiado trocado, el calor se esparciría y solo conseguirías calcinarme el tobillo.- Cassel había terminado de amarrar la tela a su torso, lo sabía por que ahora todo estaba en silencio. ¿Por qué podía sentir la fluctuación del aire? Esto era definitivamente algo malo - ¿Y si intentas con los amarres?
- ¿Qué dices? – estaba distraída. Mucho. Podía quemar cosas con sólo tocarlas, y podía escuchar cada sonido amplificado. El viento estático cambiaba con cada respiración de Cassel.
- Las cadenas están unidas a la pared, creo. ¿Puedes comprobarlo?
- Eso creo. – Experimenté con mi mano, no agitándola, sino concentrándome en ella, tal vez se encendería como una antorcha. ¿Y si me quemaba? ¿y si le daba un ataque cardiaco a Cassel? Entonces ambos estaríamos en problemas. Es decir, más problemas.
- Intenta con la pared en la que estoy apoyado.
- De acuerdo. – Esta vez no concentré mi mirada en el vació de la oscuridad, es decir, ni siquiera podía ver mi mano ¿Cómo iba a encenderla? Tal vez todo sea cuestión de lógica, concentrar el calor, dirigirlo hacía mi mano derecha.
Había pensado que la sensación de presión sobre mí era a causa de la profundidad de la fosa en la que estábamos, pero mientras dirigía el calor hacia mi mano, la presión desaparecía de mis músculos, arrastrándose como una sombra hasta concentrarse en la punta de mis dedos. Y como un truco de magia, de mi palma saltó una bola de fuego fatuo, brillante y familiarmente cálida. Todo se iluminó a nuestro alrededor, el rostro de Cassel estaba blanco como el papel, su boca estaba abierta, y sus ojos divagaban de un lado a otro. Comprendiendo ahora de lo que era capaz.
- ¡Que demonios, Francesca! – Cassel saltó ligeramente de su posición.
- Creo que Aaron me está echando una mano con esto. – Le sonreí. – Vamos a salir de esto pronto, y podríamos causar uno o dos problemas más antes de irnos.
- Pero, Francesca. ¿No te das cuenta de lo que eso significa? – Su pecho estaba desnudo y lo que antes era tela sucia, ahora cubría sus costillas casi completamente.
- Creo que no. Pero francamente, Cassel. No soportaría más verdades de las que ya sé. Así que ahórratelo, limitémonos a utilizar esto para salir de aquí, habrá tiempo de sobra para entrar en pánico.
Cassel asintió. Y ahora que la celda estaba iluminada, La puerta de madera bruñida era perfectamente clara, no sentía mi mano arder, pero la manga estaba perdida para siempre, no sentía el calor, solo un cosquilleo cálido, como la mano de un niño pasándome una y otra vez entre los dedos. La madera se veía tan gruesa y fuerte, que parecía que calaba el tiempo por la rendija y no pasaba a través de ella. Conservada o mejor dicho, hecha para esto. Esconder gente problemática. El único defecto, era que la cerradura sin pomo, era metálica, había aprendido algo de los libros, si calentabas lo suficiente un metal, se expande. Caminé cuidadosamente a través de la habitación pasando a Cassel y a sus piernas largas sobresaliendo de su pantalón. Toque la cerradura por unos minutos, la respiración de Cassel no se relajaba, estaba en un silencio digno de celar. ¿Asustado?
- Ábrete sésamo. – dije. El metal, brilló por el calor primero rojo, luego naranja y amarillo y pronto estuvo tan caliente, que la madera empezaba a negrearse, debía ser gruesísima para no quemarse todavía.
Rápidamente, la cerradura quemó la madera, y un clic se escuchó a través del silencio de Cassel. La madera estaba totalmente negra, y a mi tacto estaba más compacta que las otras, las fibras a través de mis dedos.
- Cassel, la puerta se puede abrir – no había retirado aún los dedos de la cerradura, pero tenía que aflojar las bisagras también, escapar era más fácil de lo que había pensado, pero sacar a Cassel sería otra historia. - ¿Cómo zafamos las cadenas? Son largas, pero no lo suficiente, no puedo salir y tu tampoco.
- Tal vez si… - Cassel no pudo terminar lo que iba a decir, alguien gritó del otro lado de la puerta, apague las llamas de mi mano. Alguien iba a entrar. - ¡Ve hacía la pared opuesta, pronto!
Obedecí, y corrí de espalda hasta estrellarme contra la pared, me herí un poco en la espalda cuando impacté sobre ella, ¿Por qué mi vestido no se quemaba?, es decir ¿Por qué el vestido de Penélope no se quemaba? La respuesta vino tan rápido como la pregunta. No quería hacerlo, sólo quemaba las cosas cuando estaba desesperada por arreglarlas. El vestido nunca había sido una preocupación hasta que Cassel me metió en la cabeza que tenía de cortar un trozo, y solo cuando me concentré en eso, pude separar las fibras del vestido, que por cierto estaban más unidas que las de otras telas.
- ¡La puerta esta caliente! – gritó una voz desde el otro lado.
- Incompetente… - La voz de Oren resonó con más eco que la otra. Cuando entró una tea estaba en su mano, la luz encandiló a Cassel, quien puso una mano frente a sus ojos para protegerlos, no era la típica llama, esta era blanca.
- ¿Qué le hicieron a la puerta? – Preguntó Oren.
Ninguno de los dos respondió.
- ¿Fuiste tú? – A la luz, el perfil de Oren contrastaba con la celda, demasiado guapo para encajar, y la sonrisa en su rostro no lo iluminaba como sucedía con Aaron, lo ensombrecía y lo hacía ver como un personaje sacado de uno de los cuentos que Oliver me contaba para asustarme, dientes sobresalientes, capas negras, y la piel tan pálida como el papel. Oren apuntó a Cassel con el índice, un anillo rojo descansaba en su dedo.
Cassel no respondió, pero mis hombros se tensaron y mi respiración se entrecortó. No sabía como, pero de alguna manera, sabía que el podía oír mi corazón desde donde estaba, así como yo podía escuchar el de Cassel y el suyo. Ah, y el del guardia.
- ¿O fuiste tú? – Oren bajó el índice y le entregó la tea a el guardia. Yo me había plegado sobre mí misma y me acuclillé en el suelo. Oren se agachó hasta la altura de mi rostro. De cerca, era un rostro terrible, de los que ves en los cementerios, aquellos ángeles de la muerte que tallaban con tanto rigor. - ¿Sabes que es lo interesante de tener parte de la esencia en tu sangre?. – A pesar de que no contesté el siguió. – Puedes sentir a las demás. Todos parte de uno, un conjunto, un corazón, un mundo una misión…bla, bla, bla… no puedo creer que él lo haya hecho. Ponerte en éste peligro – Oren chasqueó la lengua varias veces y negó con la cabeza, los rizos castaños caían sobre sus ojos robados – que desperdicio. En todo caso, mi padre quiere verlos a los dos.
Oren hizo un gesto con la mano, y el guarda que aún frotaba su mano hinchada por la quemadura extrajo unas llaves de su cinturón, y con la mano buena se acercó hasta Cassel para abrir la cadena. La mirada de Oren descansó en mí, si las miradas mataran…
- Llévatelo a él primero. Déjame hablar con la chica un momento.
El guardia obedeció sin decir una palabra más. Levantó a Cassel, este último no opuso resistencia, al menos era conciente de que el mas mínimo esfuerzo le costaría un tremendo dolor de pecho.
- Así que, Francesca. ¿podrías explicarme por que la puerta se estaba derritiendo?
«No contestes a eso» La voz de Aaron hizo eco en mi mente. Casi no pude controlar mis emociones, pero me las arreglé para ponerlas en orden.
- O podrías explicarme por que tus ojos cambiaron, o el porque del agujero de tu vestido, que ciertamente no fue cortado o halado. Las fibras no se están deshaciendo, comienza por donde te plazca. Yo escucharme atentamente.
¿Qué mis ojos que? Oren esperó una respuesta. No la obtuvo. Luego de unos minutos, no pude aguantar su mirada más tiempo. Abrí la boca, y la cerré de nuevo. No había nada útil que decir, y quería acompañar a Cassel todo el tiempo posible, ya habrá tiempo para entrar en pánico.
- ¿No vas a hablar conmigo, Frances? De acuerdo. Te llevaré con el concejo, ellos te harán hablar de todas maneras, y apuesto a que no dejaran de hablar de ti por un rato, de ti y de tu nueva moda.
Oren apuntó a la abertura de la falda. Sin sombras que me ocultaran, el rubor subió a un ritmo frenético hacia arriba, sentía la punta de mis orejas arder, y literalmente, debería haber quemado algo a ese paso.
- Levántate. – Oren ofreció una mano cuando se puso de pie. Yo no hice caso y me levanté sola.
Caminamos en silencio por unas escaleras, varios pisos hacia arriba, conté cuatro pisos en total, el aire se hacía cada vez masa liviano, y mi mente estaba oficialmente desecha, no había como procesar los últimos treinta minutos, la voz de Aaron en mi mente, de nuevo. El alivio que sentí cuando me habló. – ese momento se había llevado los últimos días de “odio” que tenía hacia él y hacia mi misma – El comentario de Oren acerca de mis ojos, y el hecho de que ahora podía escuchar a mayor potencia y quemar cualquier cosa a mi alrededor con solo tocarla, el toque de midas. Todo lo maravilloso de una maldición son la tranquilidad de una cura próxima, y sí existía no sería tan fácil de romper como la de midas, la sal no arregla tus problemas.
Entré de nuevo al salón con la cúpula, y las sillas dispuestas en circulo, ahora estaban ocupadas, el centro del salón estaba vacío por nada mas dos sillas sencillas de madera – la misma madera que la de la celda – Cassel ocupaba la suya, y miraba al suelo con tanta ira que en cualquier momento se rompería. Los hombres del concejo estaban hablando en murmullos, pero podía identificar cada una de sus voces y escuchar cada uno de los latidos de su corazón, esto distraía demasiado.
- Debemos matarlos… - decía uno.
- No, entonces Pandora se sentiría ofendida…
- ¡Basta! – Gritó Seneca, el padre de Oren. No se parecían en absoluto. – Es suficiente, no podemos hablar de ellos como si no estuviesen aquí. Hombres del concejo, estos, son protectores de la esencia, debemos tratarlos como tal. – Seneca se acercó a nosotros, mejor dicho, a mí. – Señorita Evans, sus ojos, están algo diferentes hoy. ¿Quiere explicarnos?
- No. – dije.
- Hmm, ya veo. Una rebelde. – Seneca rió – Entonces quiere decir que ¿no va a cooperar con nosotros?
- No. – Mi voz salió más suave que antes, y casi estaba sonriendo.
- Vaya, eso es decepcionante. Creíamos que usted entendía la responsabilidad que ha sido depositada en usted, pero es que es tan joven. Y no conoce nada de esto, pero creemos que con un poco de instrucción, usted estará lista para ser uno de nosotros.
Reí tan fuertemente, que creí que los pulmones me iban a estallar. Considerando que estaba un poco inestable, esto era lo mejor que podían esperar. Primero, una mujer nunca haría parte de un concejo, segundo; se suponía que era un traidora, a pesar de que no le había sido fiel a nada en la vida a parte de la religión. Y tercero, la simple idea de verme como uno de ellos era tan ridícula que no me cabía en la cabeza.
- Esto no es una de sus fiestas, señorita. Le pido que guarde la compostura. – La voz grave y clara de Alaricus resonó por el salón. Entrando triunfalmente por las puertas por las que me habían arrastrado hasta aquí. Esto, esto definitivamente no lo esperaba. Sí Alaricus estaba aquí, traicionando a todos. ¿Qué estaban haciendo Collette y Kenneth?, una niña muriendo y sin transporte, debía ser una situación complicada. El aire me falló de nuevo, pero esta vez, no fue tan evidente.
No te enfades. Véngate. Esa es la conclusión a la que había llegado después de meses de secretos revelados a la fuerza. Cassel simplemente no podía apartar la mirada, su corazón luchaba contra su respiración. El no podía creerlo. Y creo que yo tampoco. ¿Cuántas personas más nos habían traicionado?
domingo 6 de marzo de 2011
martes 1 de marzo de 2011
Capitulo 48 - La Orden
Despejaron una de las mesas y acostaron a la pequeña ahí, su respiración disminuía, y sus labios se abrieron un poco, buscando más aire.
- Cassel… Cassel, no me dejes Cassel. – La voz de Annaliss apenas era un susurro, pero más fuerte en los oídos de todos alrededor.
- Annaliss – Cassel tomó una de sus manos. Fabia y Pennelope preparaban vendas y hierbas, sus manos se movían ágiles e invisibles. – Annaliss, mírame. No, no. Mírame, Annaliss, quédate.
- Cassel, duele mucho. Haz que se vaya. – Pennelope le dio una mirada extraña al cuerpo de Pennelope. El cabello había sido apartado de su rostro plateado, y ahora colgaba detrás en sus omoplatos, recogido con una tira de cuero. Sus facciones más agudas por la preocupación, y sus ojos y manos trabajando rápidamente sobre el vendaje, retiraron la batola y la reemplazaron por vendas. Presionaban sobre la herida abierta, perdía mucha sangre.
Pasó media hora. Tal vez menos, los minutos eran eternos. Casi no notaba a Kenneth acariciándome el hombro, decía algo en latín, oraciones, tal vez. Estaba demasiado preocupada. Collette, ayudaba a contener la hemorragia, hacía movimientos extraños con las manos, Cassel no se despegaba de Annaliss, a pesar de que Fabia había pedido espacio, él había gruñido hacia ella. Pennelope le dijo algo a Cassel, pude leer algunas palabras en sus labios: “Sobrevivirá”. Las palabras parecieron tener un efecto relajante en la postura de Cassel, manos milagrosas.
- Kenneth… - Él no respondió, pero me miró, no había transparencia en sus ojos. Odio puro había dilatado sus pupilas. Ahora negros, peligrosos. Era exactamente como su hermano. Incluso sus hombros hundidos eran iguales. Contuve el nombre equivocado cuando hablé otra vez. – Esto es culpa de La Orden, ¿no es cierto?
Él asintió.
- No hay nadie más. Y tampoco hay nada que podamos hacer. Están tendiéndonos una trampa.
- ¿A que te refieres?
- Ellos conocen la fecha. Saben que no podemos desviarnos, quieren que vayamos con ellos, esto no es un homicidio, esto es una amenaza, está casi escrito con su sangre. «Podemos destruirlos sin piedad», no tenemos opciones con ellos, nunca las tuvimos, quieren las Esencias. Y no se detendrán por nada. Estamos jodidos.
- Pero, ¿Qué hay de Pandora?, se reunirá con ellos, ¿no es así?.
- No lo sabemos – dijo.
- Pero, debemos hacer algo. Debe haber algo.
- Frances, no hay nada que nosotros podamos hacer.
Algo encajó en mi mente, él tenía una obligación, al igual que las familias, yo no era tan necesaria como ellos. Podría ir, a menos que no fuera eso lo que quisiera decir.
- Yo, puedo ir. Kenneth, yo puedo ir. – El fuego crepitó, y algo en mi pecho me quemó como el acero.
- ¿Frances? – La voz de Kenneth era lejana, el dolor lo superaba todo, no recordaba que algo doliera tanto desde, desde que Aaron quemo mi cara. Pero esto era diferente, esto crepitaba al rojo vivo en mi pecho, demasiado fuerte para gritar, abrumaba todo.
Como si no fuera suficiente tener a una niña muriendo, ahora yo también tenía que atraer la atención. Luché contra el grito que se formaba en mi garganta, solo podía pensar en lo mucho que dolía, todo lo demás había pasado a segundo plano. No conocía mas sensación que el dolor. Quemando la piel, penetrándola, podía sentir algo atravesándome, mas pequeño que el puño de un niño, caliente, demasiado caliente. Luchaba contra la inconciencia, me lleve una mano al pecho, intentando alejar la cosa que me quemaba, pero no había nada ahí, solo mi piel quemada, roja por el calor. Kenneth me sostuvo para no caer de bruces. Luego de eso. La inconciencia total se llevó todo el dolor. Y cuando desperté en mi tienda. Los ojos negros Kenneth, me observaban fijamente. Alguien, había retirado el obstáculo entre la herida y un paño húmedo que descansaba sobre mi pecho.
- ¿Qué sucedió?
- ¿Tú que crees? – Su tono cretino y suave a penas se diferenciaba del rumor fuera de la tienda. Si estaba sola, quiere decir que no le dijo a nadie. Al menos.
- En realidad, no estoy en condiciones de creer en nada de lo que pienso. – Quería levantarme pero su mano y el dolor me lo impidieron.
- No deberías levantarte. – La luz de la aurora brillaba tras la tela de la tienda. Sus ojos eran todavía negros como el ónice.
- ¿Cómo se encuentra? – Después de todo, Kenneth si había abierto su bocota. Pennelope entraba, dos sombras oscuras descansaban bajo sus ojos. Debía estar exhausta.
- Estoy bien. Todavía duele un poco. ¿Qué demonios fue eso?
- La Orden. Posiblemente. – Balbuceo Kenneth, mientras se ponía de pie. Pennelope tomo su lugar junto a mi litera. Tomo mi mano y froto su dorso.
- Debemos parar esto. ¿Quién sabe que harán ahora?. Pandora debe hablar con ellos.
- Ella está ocupada, Penn. Lo sabes. No hay manera de que alguien pueda… ¡no se te ocurra Francesca! – Me interrumpió a medio camino, mi boca a penas se había abierto. – Mira lo que te hicieron, y ni siquiera los has visto personalmente. Vieron una potencial amenaza, y lo único que siempre supieron hacer es saberla quitar del camino. Debemos llegar a Aswan lo más pronto posible. Frances: ¿Te sientes mejor?
- Sí. No los voy a detener, esto no es nada. – Pennelope apretó mi mano más fuerte. – Pennelope, en serio, estoy bien. – Retire la venda verdosa que tenia puesta, sentí la sangre subir mientras miraba el vestido plateado de Pennelope sobre mi piel. Me senté sobre la cama, un poco de dolor hizo que mis ojos se agrandaran, intenté ocultar el esfuerzo. Imposible. - ¿Ves?. Estoy perfectamente.
- Frances, no tienes que esforzarte. Te llevaremos con un curandero en Aswan. Lo prometo.
Un espejo pequeño descansaba sobre la cómoda, el reflejo negro de la herida, era una sombra de algo que ya había estado ahí. El medallón de Aaron. Esto no era un ataque de la Orden. Aaron en realidad había perdido el control. ¿Dónde estaría?. Toqué la herida; negra como el carbón, con una forma extraña, se sentía dura sobre mi piel, diferente. Pero aún el dolor trae recuerdos gratos. Había pensado que todo esto pasaría como una sombra sobre mi memoria, nada con que probar que era cierto. Y no había sido lo suficientemente valiente como para hacer algún tipo de marca permanente. Tarde o temprano iba a perder la cabeza con algo como esto
- ¿Qué pasa con La Orden? – Le pregunté asustada a Kenneth. – No estamos seguros aquí.
- Ella tiene razón, Kenneth. Debemos irnos. Ahora. Tú, Collette, Frances y yo. – Combinación perfecta. Pennelope debía estar mareada por la sangre.
- Es lo mejor. Pero no podemos dejar a Annaliss aquí atrás, acabarían con ella en caso de un ataque. Debe venir con nosotros. – Kenneth sonaba tan serio como alguien con milenios de edad. Lo cual no era muy errado.
- Pero Cassel, él no la va a dejar. – Pennelope se levantó de la silla, y yo tome un abrigo de piel oscura que colgaba de la cama.
- Entonces vendrá con nosotros. No hay tiempo. Los demás ya deben estar con tu padre, Pennelope. – La idea de Aaron en el mismo lugar que yo, me mareó por un momento -. Podremos curarla en cuanto estemos en Aswan. Hay que moverla con cuidado.
- De acuerdo.
Cassel estuvo de acuerdo en ir con nosotros, no mencionó ni una palabra, se limitó a asentir, y a agachar la mirada cuando Collette vino. Podías ver el rojo en su cuello, cuando ella tocó su hombro, se veía tan abatida que podías creer que sentía algo más que no fuera por ella misma. Partimos dos horas después, no empacamos mucho, los caballos se movían ágiles entre la maleza, la herida escocia con el roce de la tela. Era mucho mejor enfocar la mente en el dolor, me mantenía la mente fría, lejos de La Orden. O el posible ataque de Aaron. De vez en cuando Kenneth se distraía y me miraba, hasta estuvo a punto de chocar con una rama, Collette gruñó. La pequeña Annaliss viajaba en una versión más reducida y veloz de un carruaje. Cassel la vigilaba constantemente. Los caballos se cansaron mas pronto de lo que pensamos, hicimos una parada rápida en una ciudad, compramos provisiones y cambiamos algunas herraduras a los caballos, era increíble lo desgastadas que estaban. Collette cambió de lugar con Cassel, y fue a ver a Annaliss, desde hacía tantas horas que la quería ver. Pero cada vez que aminoraba el paso, Collette ya estaba en la ventanilla mirándome con el ceño fruncido, su cabello rubio suelto podía latigarme en cualquier momento. Era como ver a Medusa fijamente, sólo que sus ojos bonitos te impedían apartar la mirada. Chocante.
- ¿Cuánto falta? – Le pregunté a Kenneth mientras vigilábamos la maleza, muchas veces en medio de la paranoia confundíamos animales con personas, y terminábamos con el ritmo acelerado.
- Poco, tal vez dos horas más. – Kenneth no sonaba cansado, y su postura se mantenía tan firme como cuando salimos. - ¿Estás bien?
A decir verdad, no. La herida ardía, y de vez en cuando echaba un vistazo, solo para ver que la costra negra seguía prendida de mi piel. Kenneth me miró, o al menos eso creí. Collette se recostaba contra la ventanilla de Annaliss, algo se movió entre la maleza, justo detrás del hombro de Cassel, una punta roja se dirigía hacia su hombro rápidamente. Impactó justo en el blanco. Cassel cayó de la silla de paje retorciéndose de dolor. Collette desvió la mirada y los atacantes emergieron de la nada. Figuras con mascaras se aproximaron armados. Kenneth no fue tan veloz como lo espere, y unas manos me sostuvieron por la espalda, tomaron mis muñecas y antes de la siguiente respiración estaba atada de manos.
- Kenneth; ¡corre! – Él vio a que me refería, él no podía caer conmigo, La Orden tendría suficiente conmigo. Podía armar un alboroto. Después de todo, siempre fui un dolor de cabeza.
Collette empuñaba una daga fina en su mano, Cassel la detuvo con su hombro sangrando, se las había arreglado para lidiar con dos de los encapuchados.
- Encárgate de Annaliss, Collette. – La mirada indefensa y confusa de Collette era un espejo de lo que al fin sentía por dentro – Por favor. Frances y yo nos encargaremos de esto.
Lo que Cassel no sabía era que ya era una completa inútil con las manos atadas. Cassel la besó en la mejilla y arrancó la daga de su mano delgada. Collette corrió tras Kenneth, que ya estaba corriendo hacia nosotros, Collette corrió y tomo la mano de Kenneth, el se deshizo rápidamente del agarre, Collette lo miró y sus ojos turquesa parecieron girar todo, el cuerpo de Kenneth quedó inmovilizado, para luego obligarlo a moverse con movimientos mecánicos, una maquina sin voluntad. Collette cargó con el carruaje diminuto de Annaliss, y de una mirada obligó a Kenneth a entrar. Tomó las riendas y antes de dar media vuelta, pude verla llevándose una mano a la cabeza, como si tuviera dolor de cabeza, manos nuevas estaban sobre mí, luego de que Cassel se hubiera deshecho de el tipo que estaba atándome me había dejado para hablar con Collette, ahora de nuevo ayudándome, desató las cuerdas de mis muñecas y me tendió la daga. El expuso su espada, solo quedaban dos encapuchados. Demasiado altos y con los nudillos blancos por la tensión.
- Cassel Fareed. Francesca Evans. – La voz detrás de la mascara conocía nuestros nombres. Cassel y yo nos miramos un momento. – La Orden, no pretende hacerles daño, pero si tiene que tomarlos por la fuerza, lo haremos.
Los hombres del suelo se levantaron sacudiendo el polvo de sus trajes, yo estaba horrorizada, como si acabaran de salir de una escena de teatro violenta. Las mascaras se cayeron, y sus rostros no eran diferenciables de los demás, pasando por alto claro la enorme marca sobre sus frentes. Tatuajes. Muy raros y titilantes tatuajes, se movían al compás de lo que habría jurado que era su pulso cardiaco. Un símbolo parecido al infinito, pero lleno en el interior por más “ochos”. Extraño e intimidante. Todos nos rodearon con rapidez, y podía leer los pensamientos de Cassel. Tendríamos que cooperar para ganar tiempo.
- ¿Para que nos quiere La Orden?
- No es asunto nuestro saberlo, somos los mensajeros. – Respondieron al unísono. Eran verdaderamente extraños, con voces crípticas y planas.
- Pues sus amos se van a enojar cuando vean en que condiciones entregaron el paquete. – Los rizos de Cassel caían sobre sus ojos, y era tan intimidante cuando no podías ver que miraba…
- No exigieron trato de la realeza para con los traidores. – La voz del más alto de todos tenía un matiz de diferencia, tal vez el único diferente. Sin un rasguño en su rostro, terriblemente familiar, por lo que había debajo de sus ojos. Ojos naranjas como las brasas. Quería arrancárselos de sus cuencas con mis propias manos. La Esencia, brillando en sí misma en los ojos de un ladrón que probablemente tendría la misma edad de Aaron. – Al contrario de mi padre, yo no le temo a una niñita subordinada.
Su dedo índice me tocó la frente. Cassel puso una mano delante de mí antes de que arremetiera sobre la garganta de él. Negó con la cabeza, y me miró fijamente. «No te muevas». Yo entrecerré los ojos y me contuve.
- Oren, es suficiente. Debes llevarlos con tu padre. Deja que Steel y yo, nos encarguemos de los tributos.
- Como desees. – Dijo el interpelado. – Apresúrate, esa pequeña bruja no se va a escapar. Cobardes. – Escupió entre dientes. – Ahora niña, quédate quieta. No voy a andarme con delicadezas. Un querido amigo tuyo va a estar tan feliz de verte de nuevo…
Cassel me miró,sin saber que hacer. Yo permití que atara la cuerda sucia a la boca pasándola por mi nuca. Cassel agachó la mirada, era tan enorme y contenido que asombraba la devoción que tenía hacia los Yardangs, habría podido dejarme aquí como señuelo y cuidar de su hermana, pero su deber con Aswan iba primero. Eso había quedado muy en claro desde un principio.
Oren nos cubrió con dos sacos de costal y nos subió a un carruaje al que parecían no haberle cambiado las ruedas nunca, cada bache del camino hacia saltar el esqueleto de madera. Cassel no me miraba, y el roce de la tela contra la herida de mi pecho era cada vez peor, no podía mover mis manos, estaban atadas. Pero tampoco tenía muchos deseos de ver como la piel se ennegrecía alrededor, podría jurar que la marca se estaba expandiendo. Horas y horas después, en la mitad de la nada el coche se detuvo, Cassel y yo fuimos sacados de la celda-coche y nos empujaron al exterior. No tenía idea de cómo habíamos llegado aquí, pero parecía sacado de una pintura griega, como la casa de Alaricus, un templo Griego de mármol se alzaba frente a nosotros, nos empujaron a travez de columnas tan altas que la vista se perdía en las bóvedas del techo, adoquines de espiral, y esculturas de héroes griegos y dioses. ¿Un Museo?. No. Los museos no tienen este aire de conservación milenaria. Algo más. Dos puertas grandes de piedra nos cortaron el paso, los cuatro hombres que nos custodiaban apretaban halaban de las cuerdas mientras nos empujaban hacia delante.
- ¡Padre! – Llamó Oren a todo pulmón. De no haber tenido esa expresión diabólica en su mirada, habría podido pasar por pariente de los Thompson, claramente la esencia, era más que liquido milenario… - Te he traído a dos invitados especiales…
La sala blanca era como los concejos de los tiempos de Homero, redonda completamente y una tribuna dispuesta alrededor de las paredes. Olía a polvo antiguo ya humo.
- Oren, ya has regresado. ¡Y con dos personas más!, no me sorprende. Tú siempre tuviste el don… - Un hombre de toga blanca se acercaba a nosotros, los ojos eran lo que mas asustaba de su presencia, totalmente negros, sin distinción de brillo en ellos, la pupila fundida en el iris. Y su sonrisa se curvaba enseñando una fila perfecta de dientes afilados. Salido de un cuento de terror de Oliver. – Ah, pero si aquí tenemos a la señorita Frances. Tú si sabes dar problemas, jovencita. – mis manos aún atadas luchaban contra los nudos, los hombres que nos custodiaban se replegaron hacia las columnas de Mármol. El hombre me tomó de la barbilla. Y me miró a los ojos, deslizo uno de sus dedos por el escote del vestido descubriendo la herida negra, no podía verla, pero el aire filtrado se sentía sobre la piel quemada. – Parece que te han dado tu merecido…
- Usted. Usted me hizo esto. – Me quejé con voz grave y baja. Dudé de que el hombre me escuchara.
- Se equivoca. Ha sido aquel tributo de fuego el que la ha marcado como ganado. No yo. – Me libero de su agarre y con la herida expuesta se alejó hacia Cassel, de nuevo, su cabello cubría sus ojos. En silencio sepulcral, él deseaba lo mismo que yo. Haber ganado tiempo para Collette y Kenneth, tal vez hayan logrado llegar a salvo con Alaricus. – Si me hubieran escuchado, estaríamos teniendo una conversación totalmente diferente, pero no viene al caso. La política para los hombres. ¡Y que mejor hombre que Charles!
El hombre contuvo la respiración, por las puertas tras nosotros, los pasos se amplificaban, zapatos de cuero fino. No sandalias como las de este hombre. El traje del señor siempre tan dispuesto.
- Charles Proudd. Que alegría verle. – El hombre aplaudió, y el eco de la sala hizo que el sonido sonara como un golpe acotado.
Contuve la respiración, el mismo hombre que me había arrastrado hasta un remoto pueblo en Escocia, estaba aquí junto al hombre. Cassel no levantaba la mirada, pero podía intuir que lo conocía por la manera en la que sus hombros se hundieron bajo el peso de la traición. Seguramente el señor hacía parte de alguna de las familias, o estaba emparentado al menos. De cualquier manera, ambos lo conocíamos, bajo cualquier circunstancia, lo conocíamos, y ahora aquí. Con su expresión cínica, viniendo hacía nosotros. Oren rió desde el otro extremo de la sala ¿Cuándo se había movido?
- Señor Proudd. Diría que es una grata sorpresa encontrarlo aquí, señor. Pero francamente, las mentiras comienzan a estorbarme en el paladar. – dije.
- Esa lengua… - dijo el hombre de toga, extendiendo los brazos para recibir a Charles Proudd, el traidor. – habrá que hacer algo con esa lengua señorita Francesca.
- Señorita Evans. – Charles reverenció. Sentía ganas de vomitar. Me concentré en el rozamiento de la tela a medias sobre la herida negra.
- ¿Somos su nuevo experimento? – Le grité - ¿Por qué lo hace?
Él dejó caer su cabeza, y no respondió. Caminó frente a nosotros, y le susurró algo al oído al hombre. Sus brazos cayeron a los lados.
- Bueno, es una pena oír eso. Parece que perdimos el tributo de la tierra. – Mi corazón dio un brinco cuando recordé a Adam – Una lastima, pero, en cierto modo, es mejor. Podremos tenerlos a todos juntos. El desierto precipita a los hombres a cometer errores.
- ¿Por qué lo hace? – El hombre me miró de nuevo, como si hubiera olvidado por completo que seguía ahí. Solo quería hacerlo hablar, Cassel tendría tiempo de maquinar algun plan de escape. Su cabeza seguía baja, seguramente pensando más en Annaliss que en la salida. Las puertas blancas estaban cerradas, y se perdían en las bobedas. No podíamos saltar. No podiamos correr. Y no podíamos escondernos. Esto iba a ser interesante.
- Porque tenemos actualmente una terrible administración.
- Y el mundo estará mejor en sus manos, claro. – Cassel levantó la cabeza. – Asesinando niñas...
¿Asesinando? ¿Por qué daba por hecho que Annaliss estaba muerta?. Ellos vieron a Collette huyendo con el carruaje, y la culpa no parecía la clase de tortura mental que este hombre necesitaba.
- Joven Cassel, su hermana ha pagado el precio de una vida de traición.
- ¡Era una niña! – Cassel se lanzó sobre el hombre, no lo tocó. Algo lo impedía, los pómulos del hombre subieron y sus dientes se exhibieron. Cassel estaba desesperado, y podía ver la alegría que eso le causaba al hombre. Era familiar, así como los ojos de Aaron grabados en su hijo, este hombre tenía los ojos de Melvin en sus cuencas. Curioso. – ¡Usted es un hombre despreciable, usted y toda su maldita Orden!
Una mano se disparó hacia la mejilla de Cassel, y no era la del hombre. Era la de Oren.
- Silencio. Traidor. No le puedes hablar así a mi padre.
- Déjalo Oren, no tiene importancia. Es un hombre herido.
- Oren tiene razón, Seneca. Enciérralos. Son peligrosos; nunca sobrevalores a un enemigo, mucho menos si es un traidor.
Ambos pusimos resistencia, Cassel gritaba y peleaba, Seneca se acercó a el, y toco la mejilla, habría podido ser una caricia, de no haber sido por la sonrisa diabólica que se dibujaba en el rostro de Seneca. La misma que se dibujaba en el rostro de Melvin cuando me había golpeado. Los ojos de Cassel se nublaron y su fuerza se debilito, cayó inconciente.
- ¡Cassel! ¿Qué le hiciste? Eres un… - La mano de Oren impactó de nuevo, esta vez, sobre mi mejilla. Sentía la marca roja saliendo por mi piel.
- Cállate, princesita. Llévenselos.
Arrastraron el cuerpo inconciente de Cassel, y me llevaron a rastras por el piso de mármol, descendimos tres pisos, cada vez más frío, y en una celda de mármol nos abandonaron a los dos. Ahora si podíamos echarnos a llorar. Tendríamos que ganar tiempo de alguna manera, mantener a Seneca y a Oren aquí. Intentar deshacernos de todo aquel que pudiéramos. Sin importar que tuviéramos que hacer, para salir y para proteger a Aaron y a su familia.
lunes 28 de febrero de 2011
Capitulo 47 - Por la espalda
La canción término y una serie de aplausos y vitoreas llenaron el aire. No había detallado, pero debían hacer cerca de veinte personas, en su mayoría hombre de cabellos oscuros y facciones rudas, la clase de hombres que podrías encontrar en un puerto marítimo, o un bar de mala muerte. Pero estos estaban sonrientes, con vasos de madera llenos de un líquido oscuro y con olor fuerte. Fabia los había presentado a casi todos, había dicho que estaban ahí como servicio de protección, saldando una antigua deuda con los Yardangs. Al parecer
- ¿Estas emocionada? – Me preguntó una niña que había sido presentada como Annaliss. Sus ojos verdes eran abiertos y expresivos, casi odias ver sus pensamientos ir y venir, el cabello tan negro como la tinta; tan negro como el de su hermano, Cassel. ¿Qué hacía una niña aquí?
- No es la palabra que yo usaría - le dije mientras palmeaba su cabecita.
- Siempre quise conocerlos ¿sabes? Viajar. Mi hermano me ha dicho, que Aswan es tan maravilloso bajo tierra, que casi se podría decir que es el cielo. Mi madre estuvo ahí cuando aún vivía. Y mi hermano tomó el lugar de ella en el consejo.
- ¿Tu hermano hace parte de los Yardangs?
- ¡Ah sí!, por eso tengo que permanecer con Fabia, es como nuestra segunda madre, ha criado ella sola a casi todos los que están aquí.
- ¿Y por que lo hace? – Le pregunte a la pequeñita mientras acomodaba su trenza.
- No lo sabemos, siempre ha sido así. Contamos con ella todo el tiempo, nos cuida y nos alimenta, no es una mujer de dinero, pero tiene un gran corazón.
- ¿Y que pasa con los padres de los demás?, es decir, no se ven tan mayores.
- Todos son huérfanos,
- ¿Pero sois familia? – Le pregunté, sus facciones eran muy similares, y sus rostros bronceados los hacía aun mas parecidos, pero no del todo.
- No en realidad, solo hay siete familias Guardianas. Esos chicos de allá – Ella señalo a un grupo de cuatro jóvenes con no mas de una veintena. – Ellos son los Werner, tienen relación casi consanguínea con los Warinheer – señalo al grupo de jóvenes que hablaban con Cassel, se distinguían de los demás por sus amplios ojos dorados, tres pares de linternas amarillas encogiéndose cuando sonreían- . Las tres que están por allá son de la familia Hafeez, son de Arabia, y son realmente diestras con las espadas curvas. Esos son los mellizos Haldar, nunca se les ha visto separados, se cree que tienen poderes para comunicarse mentalmente, se coordinan casi invisiblemente. No sé cuanto de eso sea verdad – me dijo en confidencia, ya iba en la mitad de la trenza y ella continuaba hablando suavemente moviendo las manos, su hermano nos observaba de vez en cuando, Collette se había unido a su grupo y hablaba con calma acerca de un ataque a
- ¿Qué hay de Fabia?
- ¡Ah!, bueno, ella no es oficialmente una Guardiana, pero ha servido tantos años a Aswan que casí no se le diferencia de nosotros. ¡La queremos tanto!
- ¿Vas a dejar calva a la pequeñita? – Kenneth se acercó a nosotras, yo ya casi terminaba la trenza. Su cabello era tan sedoso como las plumas y tan negro que casi maravillaba.
- No seas malo, Kenneth. Me gusta. Gracias Francesca. – Dijo Annaliss. Yo asentí y la niña saltó rápidamente hacia Fabia para enseñarle su nueva trenza. Fabia me miró desde lo lejos y sonrió torcidamente a la niña.
- ¿Crees que soy malvado?
- Eso implican premeditación e inteligencia. La verdad, no creo que eso aplique para ti. Tal ves desesperante. Sea el término correcto.
- ¿Ah sí?, con que soy desesperante. – Él se inclinó sobre mí. Yo estaba casi al filo del tronco y no me dejaba mucho espacio para respirar, tampoco tenia nada de que asirme. Él tomo mi cintura y la sostuvo, sentía la sangre deslizándose hacia mi cara. - ¿Estás segura que no doy ni un poco de miedo?
- Terror. Definitivamente terror. – Él sonrió y me sujetó mas fuerte, me atrajo hacia él, demasiado lento, tomándose el tiempo para todo, mi corazón rompía con su martilleo frenético, y los ojos ahora plateados me miraban serios, casi rozaba su labio inferior cuando Collette habló.
- Cassel dice que deberíamos marcharnos al alba.
- Gracias, Collie. – La gratitud de las palabras se perdió en el tono sombrío y sarcástico. - ¿Por qué no vas a ahogar algún marinero o algo?. – El rostro hermoso de Collette era tan violento como una tormenta oceánica, hasta en sus arranques de ira era tan hermosa… Cassel se acercó a Collette y rompió el momento. Gracias a Dios.
- Deberías dormir, mañana será un día largo… y te ves cansada… no es que te veas mal, pero si no duermes vas a… - Cassel habló nervioso. Collette le devolvió la mirada y tomo la mano enorme de Cassel y lo arrastró con ella lejos de nosotros.
- Vaya – Dije suspirando
- ¡Pobre hombre!, dicen que aquel que no sabe para donde va, camina desesperado…
- ¿Cassel…?
- Así es, pero el mundo de Collette es demasiado estrecho, para algo mas que no sea su reflejo. Cuando éramos niños, la empujaba al mar esperando que se ahogara, pero lo que no te destruye se hace más fuerte, yo acababa empapado y envuelto en algas. Despiadada arpía. – Kenneth rió por lo bajo.
- ¿Qué hiciste que? – Le dije mientras sofocaba la risa
- Ella me provocaba. Una vez casi ahora a Aaron, solo porque él había perdido una de sus horquillas. Lo arrastró con ella hacia el bosque y lo lanzo a la mitad del río, todavía no sabemos como pasó. Él nunca quiso contarlo realmente. Te digo que es una arpía.
- No deberías decir eso.
- Se supone que nunca lo escuchaste de mí, así que no cuenta. Cassel tiene razón, deberíamos descansar, mañana va a ser un día muy importante.
- Me decepcionaría si fuera de otra manera. Nunca es un buen día hasta que alguien te secuestra o te golpea. – Kenneth toco la cicatriz en mi mejilla, la línea casi desaparecía, solo una línea rosada. Él suspiró y me dejó con Fabia para encontrarme un lugar para dormir.
Se espera que en la mitad del bosque no haya nada, pero estos eran todos unos supervivientes, no se cómo, de hecho pudo ser resultado de la practica. Montaron las tiendas en cuestión de minutos, pasadas dos horas, todo estaba listo para dormir, la comida que sobraba estaba siendo recogida en canastos. Un perro vagabundeaba junto a Annaliss, cuyos parpados caían cada vez mas pesados. Fabia palmeó su cabeza, y encamino a la niña a una tienda. Algunos se despedían, y se daban las buenas noches, ¡cuantas personas!, pero había alguien que no estaba ahí. Alaricus. ¿Dónde se había metido?. No lo vi cuando llegamos. Pennelope estaba sentada junto a la menor de las Hafeez, ambas reían mientras cubrían su boca. Me acerqué a ellas, su compañera me recibió con una mirada extraña, ni siquiera supe como calificarla.
- ¿Estás bien, Frances? – Preguntó Pennelope
- Sí. ¿Dónde está tu padre?
- Mi padre está esperándonos en el estrecho. Nos encontraremos con él en dos días de viaje. – ella notó mi ceño fruncido y se levantó para darme un abrazo, la chica a su lado se estremeció cuando mis ojos se encontraron con los de ella - No te preocupes, estaremos bien.
- No me estaba preocupando por eso.
- ¿Qué es estonces? – Preguntó alejándose y tomando mi mano para unirme a ella. Al parecer, no era a la única a la que no le agradaba. En realidad, era la falta de hostilidad de parte de Alaricus, la que me hacía falta.
- Nada, no es nada. Estoy algo cansada.
- Hmm, bueno puedes dormir en mi tienda, alguien tiene que hacer guardia, tomare el turno con Vera – Señaló a la chica con el rostro cubierto a su lado. La ranura de sus ojos eran suficientes para helarte. El verde parecía tan desvaído que parecía casi transparente, la clase de color que encontrarías en estas personas extrañas.
- Creo que será lo mejor. Hasta mañana. – La chica hizo una reverencia forzada con la cabeza, vi que su mano rozaba el filo de algo brillante. Una espada. Expertas espadachines, que podrían cortarte la cabeza de un solo tajo, solo con mirarte, van a cuidar de ti esta noche. Eso siempre hace que una se relaje antes de dormir
- Hasta mañana.
En el camino a la tienda –no era mucho de todas formas – me tope con Cassel, tenía una expresión vacilante y temblorosa en su rostro.
- ¿Algún problema? – Le pregunté
- Nada que la almohada no solucione. ¿Dónde está Annaliss?
- Creo que ya está dormida. La ví con Fabia hace un momento…
- Fabia se acostó hace media hora. – Sus ojos se oscurecieron – Debe estar con ella…
- Déjame revisar… - Me dirigí hacía la tienda de Fabia, era una de las mas cercanas la gran fogata. El olor a Humo lo empañaba todo. Me asomé por la abertura, Fabia estaba sola en la tienda. No había rastro de la niña
La señora roncaba como hombre, uno de sus brazos se salía de su litera. ¿Cómo habían traido una litera hasta aquí?
- ¿Annaliss? – Susurré, en la oscuridad. – Annaliss… - Las sombras no respondieron, pero algo se movió tras la tienda, demasiado rápido para ser humano, pero descuidado.
- Cassel. Hay algo atrás de la tienda de Fabia. – Le dije cuando lo encontré de nuevo. Su rostro se ensombreció.
- No encuentro a Analiss – dijo. Acto seguido, corrió detrás de la tienda de Fabia, yo la desperté a la mitad de algo que tenía pinta de ser una guardería.
- Quédense quietos niños, o no habrá… - Fabia dejo inconclusa la frase.
- Fabia. Lo siento. Tienes que salir. He visto algo detrás de la tienda. Y Annaliss no está en ninguna parte. – Sus ojos enfocaron en la oscuridad.
- ¿Annaliss?. Pero si estaba conmigo…
- ¿Lo estaba?
- Sí, ella se acostó conmigo, estaba algo intranquila, creo que se levantó a tomar agua, pero, no pudo haber desaparecido…
- Tenemos que encontrarla. – Dije preocupada. La idea de que alguien pudiera hacerle daño a una niñita me estremecía hasta los huesos. Fabia tomó un chal café, y se lo puso sobre los hombros
Dentro de poco, todo el campamento se movía buscando a la pequeña, incluso las trillizas Hafeez estaban buscándola, me estaba asustando. Luego de un rato de búsqueda, alguien llamo desde el corazón del bosque.
- ¡Aquí, la encontré!
- ¿Está bien? – Grito Cassel abriéndose paso entre los árboles, nosotros seguíamos su paso.
- Está inconciente. – uno de los chicos de ojos dorados, salía de la maleza hacia la luz de las antorchas. Cargaba un cuerpo pequeño, de la cabeza se desprendía una trenza larga. Annaliss
- ¡Annaliss! – Gritó Cassel, se debatía entre el odio y la preocupación. La tomó de los brazos de él, se veía pequeña en sus brazos. – ¿Annaliss?. ¡Dios Mio!
Mientras se acercaba, algo gorgoteaba del pequeño cuerpo, sangre. Su batola estaba manchada de sangre, brotaba de su estomago. Annaliss había sido apuñalada.
- ¡Cassel! – Collette gritó a mi espalda, me estremecí cuando pasó a mi lado, ya no era la fría y calculadora Collette, está tenía sentimientos, esta estaba conmovida por la pequeña Annaliss. - ¡Respira!, hay tiempo. Llamen a Pennelope.
- Aquí estoy. Tráiganla. – Pennelope se movía junto a Cassel. Él se veía exactamente como el vivo retrato de un hombre agobiado.